Podemos definir la enfermedad renal crónica o insuficiencia renal crónica (IRC) como una pérdida progresiva e irreversible de la función de los riñones (mantenida al menos 3 meses), cuyo grado de afección se determina por la disminución de su capacidad con un filtrado glomerular <60 ml/min/1,73 m2.

La etiología de la IRC es muy diversa. Las principales causas para su desarrollo y progresión son la diabetes mellitus, las enfermedades vasculares (hipertensión, arterioesclerosis, nefropatía isquémica, vasculitis, etc.) y las enfermedades glomerulares, sumando más del 75% de las causas de IRC.

La IRC asocia, además, una gran comorbilidad de origen cardiovascular, muy relacionada con otros órganos, como el corazón, a través del conocido síndrome cardiorrenal, en el que la disfunción de uno u otro órgano da como consecuencia la disfunción de ambos. Esto hace que el manejo clínico de estos pacientes sea muy complicado, exigiendo una gran necesidad asistencial. Esta enfermedad genera el 2,5-3% del gasto del presupuesto de Sistema Nacional de Salud, y más del 4% de la atención especializada; cifras que irán progresando al esperarse un aumento de la prevalencia de un 3% anual.

Se estima que esta enfermedad la padecen alrededor de 4 millones de personas en España, y de ellas aproximadamente 50.000 están en tratamiento renal sustitutivo (TRS), la mitad en diálisis y el resto con un trasplante renal funcionante.

El diagnóstico de IRC es difícil en los primeros estadios al no presentar síntomas específicos; solo mediante valores analíticos podemos determinar que los pacientes sufren esta enfermedad. A medida que la enfermedad progresa, los pacientes van desarrollando manifestaciones clínicas que nos orientan hacia este diagnóstico:

 

  • Alteraciones en la regulación de la presión arterial (PA). Es el órgano encargado del control de la PA y del volumen extracelular, mediante la generación de hormonas que la regulan y controlan. La disfunción de este control puede producir patología cardiopulmonar, con el desarrollo de un cuadro de insuficiencia cardiaca congestiva, que evolucione en último término a un cuadro de edema agudo de pulmón.
  • Es el órgano encargado de depurar la sangre, y su disfunción produce laacumulación de productos de desecho, como la urea, y de otros elementos como el potasio. Puede producir manifestaciones clínicas que van desde el letargo hasta la pericarditis, produciendo cuadros de diferente entidad clínica, como encefalopatía, arritmias, etc.
  • El cansancio es una de las manifestaciones clínicas más importantes en el diagnóstico de estos pacientes, ya sea por hiperpotasemia, lo que genera debilidad muscular, o bien por anemización ante la falta de producción de eritropoyetina, hormona encargada de la generación de glóbulos rojos en la médula.
  • La otra gran manifestación clínica de la IRC es el desarrollo de un hiperparatiroidismo secundario. Determina la aparición de un conjunto de cambios hormonales y metabólicos, como pueden ser alteraciones en el metabolismo de la vitamina D, del calcio, del fósforo, de la hormona paratiroidea y del equilibrio ácido-base.

 

Podemos, por tanto, encontrar sintomatología muy diversa que va desde la fatiga hasta situaciones de urgencia vital, como son las arritmias cardiacas, o cuadros de obnubilación y coma.

Una vez diagnosticada la IRC, el tratamiento viene a sustituir, paliar o evitar los síntomas que produce la enfermedad. Empleamos fármacos que suplan las funciones hormonales y los déficits carenciales, o que controlen la diversa comorbilidad que puede aparecer: eritropoyetina exógena, calcio, quelantes del fósforo, cinacalcet o análogos de la vitamina D, diuréticos, antihipertensivos o fármacos específicos para tratar las diferentes sintomatologías que pueden ir apareciendo (antihistamínicos, antianginosos, etc.)

Cuando la IRC evoluciona a estadios finales se hace necesaria la utilización de TRS, bien diálisis peritoneal o hemodiálisis, y en aquellos pacientes que se puede, el trasplante renal como mejor técnica de TRS (Figuras 1 a 6).